martes, 21 de diciembre de 2010

"El verano que jamás olvidaré" de Alba León

Cada año iba de vacaciones a viajar por el mundo junto a mis padres, pero aquel verano las cosas cambiaron... Mis padres se separaron ese mismo año, y mi padre se fue a vivir a Londres. Mi madre conoció a Carlos, un hombre muy simpático y buena persona.
Aquel verano yo tenía previsto irme a estudiar Inglés a Nueva York, pero mi madre no quiso que me fuera, ya que habían decidido pasar el verano en Villafranca, el pueblo donde Carlos nació, y donde estaba toda su familia. No me apetecía ya que me había comentado que era un pueblo muy pequeño, por lo que decidió venirse a vivir a la capital: fueron suficientes motivos para odiar aquel pueblo…
Llegó el día, teníamos que hacer las maletas y yo no sabía qué llevarme, ya que seguramente no saldría en todo el día de casa, ya que no habría gente de mi edad.
Nada más subir al coche, me quedé dormida en el asiento trasero, y cuando me di cuenta ya estábamos llegando. La casa era un lugar pequeño y cálido, las habitaciones estaban muy limpias, y las paredes estaban pintadas con un color pastel. Mi habitación era una de las más sencillas, pero a la vez de las más bonitas… Tenía una cama individual con una colcha con estampado de flores, un armario de color marrón y una mesita con una pequeña lámpara.
Después de observarlo todo, decidí salir a saludar a la familia de Carlos, que vivían en la casa de en frente. Allí estaban Carmen y Juan, sus padres, junto a sus tíos y primos. Eran muy simpáticos, pero no había nadie de mi edad.
Era la hora de comer, y aún no habíamos comprado el pan, así que mi madre me obligó a ir a comprarlo a la plaza.
Junto a la panadería había un grupo de jóvenes que cuando pasé se me quedaron mirando extrañados y murmuraron algo. Cuando compré el pan aún estaban allí. Un chico muy guapo me hizo un gesto para que acudiese allí. Estuve hablando con ellos un buen rato, me parecieron simpáticos, pero había uno en especial, justamente el que me hizo el gesto para que fuese, que me gustó muchísimo. Era muy guapo, se llamaba Miguel.
Nos hicimos muy amigos, de vez en cuando venía a casa a comer con mi familia, a veces íbamos a las afueras del pueblo en bicicleta a pasar el día… Fui pasando un gran verano con él, pero a medida que pasaba el tiempo me di cuenta de que cuando mi madre me preguntaba por él me ponía colorada, y que siempre estaba pendiente del móvil para ver si me había llamado; así que llegué a la conclusión de que me gustaba. Pero eso no era una buena noticia, ya que me daba miedo de que él se diera cuenta y me dejara de lado.
Pasaron los días y no recibía señales de Miguel. Las demás chicas del pueblo vinieron a llamarme varias veces para bajar a la plaza un rato. Decidí bajar a despejarme un poco, y cuando bajé, ellas tampoco sabían nada de él, aunque me comentaron que solo bajaba al pueblo para las vacaciones, pero siempre se despedía antes de irse, pero aquel año no lo hizo…
Al día siguiente recibí un mensaje al móvil, y me sorprendí cuando vi de quién se trataba… era Miguel. Me pedía disculpas por no haberme avisado de que se iba una semana al pueblo de su madre, ya que estaban sus primos y quería verlos. En el mensaje también ponía que si quería quedar con él en el puente del pueblo a las seis y media.
Me puse lo más guapa posible, tan solo iba a ir a un viejo puente, que por debajo corría el río… pero lo importante era que iba con Miguel, y hacía mucho tiempo que no lo veía.
Cuando llegué Miguel no estaba, pasó un cuarto de hora hasta que vi una sombra aparecer de lejos corriendo, y poco a poco su figura se fue acercando hasta que llegó al puente. Iba vestido con una camisa a cuadros y con unos tejanos desgastados; sencillo, pero muy guapo.
Estuvimos hablando un buen rato, y me explicó cómo le fue por el pueblo de su madre, me contó que se había aburrido bastante, ya que sus primos eran pequeños, y allí no había chicos de nuestra edad.
El sol comenzó a desaparecer, y ya era hora de que me fuera a casa a cenar, así que nos levantamos para irnos hacia el pueblo, pero cuando comencé a cruzar el puente, me detuvo y me cogió de la mano, y cuando me giré, me besó.
Me comentó que había sido un gran verano junto a mí, y que me iba a echar mucho de menos, ya que hasta el siguiente verano no nos veríamos. Yo le confesé que desde que lo vi me gustó muchísimo, pero que no me habría pensado jamás que él sintiera lo mismo por mí.
Cuando llegué a casa, me comentaron que al día siguiente nos iríamos hacia Barcelona, ya que Carlos comenzaba a trabajar dentro de tres días, y teníamos que prepararlo todo.
Nada más acabar de cenar me fui hacia casa de Miguel, y le dije lo que me había pasado… Me dijo que tendríamos contacto durante el año, y que en Octubre cumpliría diecisiete años y se sacaría el carné de moto para poder visitarme, ya que él vivía en Gerona.
Estuve un buen rato con él y con los demás, y después me fui a casa a dormir, más pronto de lo normal, ya que nos tendríamos que levantar a las siete para irnos de vuelta a Barcelona.
Siempre recordaré este verano, ha sido uno de los mejores de mi vida. He aprendido que no hace falta grandes cosas, ni grandes sitios para pasar unas semanas inolvidables. Espero poder repetir el año que viene, y muchísimos más. Pero para eso primero tendré que estudiar mucho.


Alba León (IV ESO A)

Sara ha querido compartir su historia con todas...

La noche, la luna, el mar… Son tres cosas que me hacen sentir. Aunque, mirándolo de otro modo, me hacen no sentir. No sentir este dolor… este dolor y esta agonía que me está matando el corazón.
Solo quiero que sepas que ya no lo siento, que ya has ganado. Ya puedes contemplar con triunfo los restos grises y rotos de lo que antes fue mi corazón. Sí, mi corazón, aquello que tú desperdiciaste y rompiste como si fuera un débil cristal. Y no era débil, no. Era fuerte gracias a esa sensación tan cálida, mágica y reconfortante llamada amor. Sí, amor, aquello que tú decidiste que mi corazón no merecía recibir y condenaste a la soledad. Pero, ¿sabes?, sin corazón no se puede vivir. Créeme, lo he intentado, y no se puede. Al menos no como antes.
Por eso estoy aquí, sentada en estas imponentes rocas que me protegen de las salpicaduras de un Mar furioso. Él sí me comprende, parece querer expresar con olas lo que yo no puedo explicar con palabras. Algunas gotas saladas aterrizan en mis mejillas mezclándose con mis lágrimas aún más saladas, como si el Mar quisiese llorar conmigo, compartir mi dolor. Y creo que me comprende… me comprende porque me he dado cuenta de que a él le pasa lo mismo con la Luna. Creo que el Mar está enamorado de ella. ¿Nunca te has fijado en cómo algunas olas se alzan hasta parecer tocar el cielo? Como si quisiera llegar a la Luna y destruir aquello que lo destrozó a él primero… Pero las gotas nunca la llegan a tocar y vuelven a hundirse en un remolino de ira y desesperación. Pero el Mar tiene suficiente fuerza para llegar a la Luna, y sé que es él mismo el que se frena. Porque al mirar hacia arriba preparado para lanzar su ejército de olas enfurecidas, ve aquel rostro blanco, y se recuerda a él mismo porqué se enamoró de ella. Y no es capaz de hacerlo, de destruir aquello tan hermoso, aquello que está condenado a contemplar cada noche. Sé que volverá a intentarlo, y volverá a fracasar. ¿Qué cómo lo sé? Porque me pasa lo mismo contigo. Porque cada vez que me invade el odio y la desesperación, recuerdo tus verdes ojos, y todos esos sentimientos turbios desaparecen. Y sólo queda vacío en mi interior. Igual que le sucede al Mar. La gente lo malinterpreta: no es Mar calmado. Es Mar vacío, sin ganas de luchar por lo que odia y ama. Pero lo único que nos queda es no rendirnos, seguir hacia adelante. Por eso vengo aquí tan a menudo. Porque el Mar y la Luna me recuerdan a nosotros. Y siempre me siento en esta roca, con la esperanza de que el Mar se enamore del Sol, de que algún día deje de reflejar a la Luna, o que simplemente desaparezca, como me gustaría hacer a mí. Y así recomponer este inútil corazón, que aunque sabe que no puede vivir sin ti, lo sigue intentando de todas formas. Ahora ya sé que es verdad que el corazón no atiende a razones, supongo que es por eso que está tan alejado de la cabeza. Pero en el fondo sé que por mucho que el Sol brille, las mareas seguirán obedientes a la Luna. Por mucha soledad u odio que sienta, el Mar seguirá amando a la Luna. Por mucho viento que sople, el Mar resistirá sólo para poder contemplar lo único que desea: la luna. Y que, por muy alta que esté ella, el Mar siempre plasmará su reflejo sobre su refulgente superficie. Sé que el Mar, igual que yo, daría lo que fuese para convertirse en estrella y colgar del cielo, sólo para poder estar al lado de la Luna y pasarse la eternidad contemplándola. Aunque sabe perfectamente que está condenado a echarla de menos durante el día, y sufrir con su presencia de noche. Demasiado lejos para tocarla. Demasiado cerca para ignorarla. Si supieras cómo lo entiendo… cómo me siento… Me siento sola, vacía, rota, inútil, confusa, impotente, enfadada, triste. Fuerte pero débil. Te odio y te quiero. Me siento Mar.

Sara Lasunción Mejía (4ESO A)

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Historias creadas de vuestra inspiración a partir de la técnica de la imagen como inspiración

Era una noche fría de invierno, en un pueblecito muy cercano a la playa, Pedro estaba allí en su habitación oscura y calentita, que tenía una ventana desde la cual se podía ver el mar. Se encontraba enfermo ya que hace ocho meses le habían diagnosticado una enfermedad muy grave, la cual deterioraría su estado de salud cada día. Desde entonces, su hija, Laura, y su esposa, María, cuidaban de él.
Laura y María se acercaron a la ventana desde la cual podían ver el mar y la hermosa luna llena que alumbraba el cielo. Pedro empezó a toser y rápidamente María y Laura se acercaron y se sentaran junto a él. Pedro tomó sus manos, les dijo que las amaba mucho y que las cuidaría por el resto de su vida, y que cada vez que se sintieran solas y tristes miraran el reflejo de la luna en el mar, así sabrían que él siempre estaría allí con ellas.
Laura estaba en la playa sentada en la arena mirando el mar y recordando los momentos tan felices que había pasado con María y Pedro en aquella playa tan especial para ellos; aunque era de noche, sus pies tocaban el agua fría del mar.
Ya en casa, Laura entró en su habitación, la cual era muy colorida, luminosa y calurosa, las paredes estaban llenas de pósteres de sus grupos favoritos de música y en su armario tenía muchas fotos pegadas de su familia. Laura se sentó en su cama, aunque era su cumpleaños y había pasado un día muy feliz con sus amigos, se encontraba un poco triste ya que aquel año su padre no estaba con ella.
Mirando al cielo, se puso a llorar porque extrañaba mucho a su padre; en ese momento María entró en su habitación y al verla tan triste se acercó a ella, la abrazó diciéndole:
- No tienes porqué estar triste; recuerda que cada vez que veas la luna reflejándose en el mar, allí estará tu padre, que nunca te abandona- Laura miró a su madre y le sonrió. Las dos se levantaron de la cama y se fueron a la habitación de Pedro, se acercaron a la ventana y empezaron a recordar esas palabras tan hermosas que Pedro les había dicho antes de morir.
Aquella noche la luna estaba más brillante que nunca y Laura y María sabían que él siempre estaría a su lado y que nunca las abandonaría.

Alejandra Sánchez (IV A)

María Rodríguez también publica...

Historia inspirada en la imagen del paisaje al atardecer...

Mike apagó el móvil. No quería hablar con nadie. Después de un día horrible, lo último que quería era escuchar la voz de su madre preocupada preguntándole dónde estaba. Ya sabía dónde estaba. Cuando se enfadaba, Mike corría al lago. Hiciese frío o calor; la sensación del agua envolviéndolo lo calmaba.
Tras unas cuantas brazadas, se quedó haciendo el muerto con los ojos cerrados. El sonido del bosque lo envolvía. Nunca se cansaría de ese momento, pero se hizo de noche, y el frío hacía que le dolieran las extremidades. Salió rápido del agua y se vistió. Se puso todas las capas posibles, cogió la mochila y se dirigió a casa. Aunque el verano acababa de terminar, el frío empezaba con fuerza. Se colocó los guantes y el gorro sintiéndose estúpido, ya que sólo era noviembre.
Comenzó a andar cada vez más rápido, notando que sus manos se volvían azules por segundos. Cuando llegó a casa, su madre lo esperaba.
-Mike, han venido a verte…- Mike no escuchó nada más, ya que había cerrado la puerta de su habitación.
Se disponía a cambiarse de ropa cuando escuchó una respiración que no era la suya. Jess lo miraba fijamente. Al principio no dijo nada. Parecía que estaba intentando averiguar cómo reaccionaría a lo que pretendía decirle. Él no tenía ganas de esperar horas a que ella hablara.
-Jess, tengo mucho frío, ¿piensas decir algo o puedo hacer como si no estuvieras aquí?
Ella no contestó. Mike se acercó al armario y cogió ropa para cambiarse. Cuando fue al lavabo intentaba excusarse ante sí mismo convenciéndose de que Jess no debería estar allí, y culpando interiormente a su madre por dejarla entrar.
Una vez estuvo vestido y con el pelo seco, comprobó que Jess seguía allí.
-Lo siento, no ha sido un buen día y tenía mucho frío- murmuró él.
-Lo he imaginado- contestó ella mirándolo a los ojos- Mike, esto tiene que acabar. No puedes dejar que te sigan tratando así. Enséñame el brazo.
Se subió la manga izquierda del jersey y le mostró el cardenal que rápidamente había aparecido allí.
-¿Cuánto tiempo hace que pasa? ¿No pensabas decírmelo?
Él no quería responder a esa pregunta. Hacía bastante tiempo. Ni siquiera recordaba cuando comenzó, pero sí cómo empezó. La típica broma inocente, el típico mote amigable… A partir de ahí empezaron las peleas. Mike era consciente de que debería haberlo parado cuando aún estaba a tiempo. Pero el orgullo pudo con él, al fin y al cabo, estaba convencido de que él solo podía solucionarlo.
-Supongo que eso es un “no” -dijo Jess, interrumpiendo sus pensamientos.
-¿Qué querías que te dijera? –murmuró Mike.
-Quizá quería que confiaras en mí, que compartieras eso conmigo…
Hubo un silencio incómodo de unos treinta segundos, que a ambos les resultó eternos.
-¿Sabes una cosa? La semana pasada, John me invitó a cenar. Yo le dije que no, que estaba muy liada. Quizá mañana cene con él. Siempre me había parecido buen chico. ¿Crees que me habría gustado descubrir, si es que fuéramos a salir, que mi mejor amigo está siendo agredido por mi novio? ¿Cómo te sentirías tú?
- Ni siquiera conoces a John, ¿por qué querrías salir con él?- de repente Mike se enfadó.
“No me gustaría que salieras con él ni que fuera mi mejor amigo”, pensó para sí mismo.
Lamentablemente, había muchas cosas que Jess aún no sabía.
María Rodríguez (IV A)

Laura Núñez nos abre las páginas de su diario

Como cada 28 de Agosto, tocaba despedirse del verano en Sevilla, del sol tan especial, del cálido, agobiante y a la vez gratificante calor… Tocaba volver a ver de nuevo el mismo paisaje desde mi habitación, tocaba volver a sufrir las once interminables horas en el coche, y lo peor de todo, tocaba perder a mis amigas de allí… Solo me animaba el hecho de ver a mis queridas catalanas, otra vez, volver a tenerlas a mi lado… Si te digo la verdad y aunque me pese reconocerlo, querido diario, no les he echado a penas de menos.
No podía prometer volver pronto, sabía que hasta el próximo julio no iba a volver a ver a Sara, Cristina, María y Alba, pero podía prometer no olvidar ni uno de los días, las horas y los minutos que habíamos compartido en ese caluroso mes sevillano.
Sí, estoy en el coche, sí, estoy pasando calor, sí, mi hermano me está dando patadas, y peor aún, no iba a volver a Sevilla hasta el verano que viene; no tenía ningunas ganas de llegar a Barcelona. Una lágrima rozaba la punta de mi nariz y se desliza hasta mi diario.
Estoy recordando el día completo de ayer: me levanté temprano, hice las maletas rápido y en cuanto tuve ocasión, ya había dejado atrás mi casa, corriendo con todas mis ganas, dejándome las converse rosas y desgastándome el final de esos pantalones pitillo blanco que tanto me gustaban. Había cogido lo necesario: la cartera y el móvil, y ya sin darme cuenta estaba en el portal de Alba esperándole.
- corre -le chillaba sin parar- hay que aprovechar estas últimas veinticuatro horas al máximo.
Alba me vendó los ojos y me condujo a un lugar el cual no quería que yo supiera. Cuando me quitó la venda allí estaban Cristina, María, Raquel, Andrea, Joel, Cristian, Alex, Samuel, José Carlos, David y el más especial de todos, Ivan. Estaban todos sonriendo y habían preparado una fiesta dedicada a mí.
Pasamos juntos el día, pero llegó el momento de despedirse de todos. Guardé las dos últimas despedidas para Alba e Iván. A Alba la conocía desde hacía muchísimo, nuestras madres iban juntas al colegio, éramos como hermanas, y nuestra despedida fue especial, como todos los años. Con Iván, la cosa fue diferente; le pedí que se quedase cinco minutos más conmigo, y él aceptó, y cuando por fin nos quedamos solos, me besó.
Querido diario, ¿qué va a ser de mí sin Sevilla? Barcelona me espera, ¡hasta verano, Sevilla!
Dejé el diario en el asiento de al lado y seguí mirando el paisaje y notando como mis frías lágrimas rozaban mis mejillas.
Laura Núñez (IV A)

sábado, 23 de octubre de 2010

Yi Xun también publica... Ánimo, chicas, esto se pone interesante...

UN CAMBIO INESPERADO

Hacía más frío de lo normal. Para ser una zona mediterránea, ese clima era algo extraño. Además, no tan solo era eso, sino que, era raro, pues acababan de llegar la primavera. La chica de pelo castaño y ojos verdosos, se abrazó a si misma mientras esperaba que llegara su mejor amiga. Eso le pasaba por llegar siempre antes de tiempo, sabiendo que la otra era de las que siempre llegaban tarde a sus citas. Decidió levantarse para volver a entrar en calor, a la vez que se arrepentía de no haber traído consigo una chaqueta o algo por el estilo. Ahora se daba cuenta de porqué la llamaban cabezota.
Caminó de un lado a otro, alzando de vez en cuando la cabeza para ver si Carla, la amiga, llegaba ya. Después de dar varios tumbos, la vio aparecer, corriendo. Cuando llegó hasta ella, se disculpó con la respiración todavía entrecortada, a causa del cansancio. Era atlética, alegre y vivaz, pero según ella, llevaba corriendo demasiado, utilizando también como pretexto, el cambio brusco de la temperatura.

Si te fijabas bien, Carla no parecía de esas chicas muy estresadas, todo lo contrario, aparentaba ser de esas que lo tenían todo organizado, preparadas para cualquier problema, sin olvidar la sonrisa que nunca se borraba de su rostro. Era un modelo a seguir, y para Sara era un gran placer tenerla como amiga. A parte de su gran personalidad, también destacaba su físico. Podía ser la envidia de todas las chicas, puesto que era más o menos alta, esbelta y rubia de ojos marrones intensos. Sus facciones podrían decirse que eran casi perfectas.
Pero eso no le molestaba a Sara, para nada. Ella no la envidiaba por su aspecto físico, ya que ésta tampoco era muy diferente a Carla. Quizás se diferenciaran un poco por la altura y el color de pelo y ojos, pero incluso podrían pasar por hermanas.

Las dos muchachas dejaron pasar el tema del retraso de la última, para comenzar a quejarse del mal tiempo que las acechaba. Reflexionaban sobre porqué pasaba esto, porqué pasaba lo otro, cuando, de repente, comenzó a caer unos pequeños copos blancos. Rápidamente enmudecieron, dirigiendo la cabeza hacia el cielo, sorprendidas. Al principio tuvieron que escudriñar la vista para identificar qué era lo que caía sobre ellas. Instantes después, se dieron cuenta, por lo que las dos emitieron una leve exclamación, al unísono. Era nieve, y cada vez caía más y más. Carla, que al menos llevaba una chaqueta, miró a Sara, quien seguía con la vista posada en el cielo, con una notable preocupación, por la simple razón de verla en manga corta bajo un temporal más bien frío. Decidieron resguardarse en algún lugar cálido, pues ninguna de las dos quería acabar en cama esa misma noche.

Llegaron a una cafetería no muy lejos del lugar donde se encontraban, agradeciendo que estuviera abierta. Pudieron captar varias conversaciones de la gente que pasaba a su alrededor, comentando el cambio drástico del clima. Además, hacía mucho tiempo que no nevaba, por lo que los más pequeños de las familias no aguantaban estar en casa.
Pidieron un chocolate caliente las dos, y se sentaron en uno de los muchos sofás vacíos. La primera de las chicas, Sara, miró al exterior. El paisaje ya estaba tornándose de un color pálido, blanco como las flores de un peral. Podía notarse cómo soplaba una leve ventisca, haciendo que los copos cayeran de una forma diagonal. Árboles, coches y demás ya estaban casi cubiertos por ésta. Tan solo faltaba que cuajara la nieve del suelo. Esa parte siempre era la más difícil.
Como rayos, unos niños pequeños corrieron hacía el parque más cercano de esa zona. Todos y cada uno de ellos esbozaban una gran sonrisa en su rostro. No podía oír sus risas, pero aun así intuyó que lo hacían. ¿Quién no estaría feliz en un día como ése? Ni el más pobre de los pobres estaría triste.

Y con una gran sonrisa, las dos chicas comenzaron a reanudar sus típicas conversaciones, sorbiendo cautelosamente sus chocolates calientes. Aunque comenzaran mal el día, acabaron con un día redondo. Nieve de fondo, chocolate caliente entre manos y una entretenida conversación, ¿qué más se podría pedir?


Yi Xun (IV ESO B)

martes, 19 de octubre de 2010

¡Andrea Carrillo también publica!

¡Ya son dos las que se atreven a publicar! Que no sean las únicas...


El cielo estrellado de aquella fría noche de verano llamó mi atención. Estaba lleno de pequeñas estrellas que producían muchísima luz, y la luna llena, con su resplandor, iluminaba el camino.
Yo iba en el coche, de camino a mi casa. Había pasado el último año en los Estados Unidos para mejorar mi inglés. Tenía unas ganas enormes de estar por fin en mi casa, y de ver a mis amigos, a los que tanto había echado de menos durante este año. En San Francisco, había hecho muchos amigos y me gustaba mucho estar allí, pero como en casa no se está en ningún sitio.
Al llegar se me llenaron los ojos de lágrimas, tan sólo ver esa casita pequeñita, en medio de la nada. Rodeada de campos verdes, flores y bosques, ese hermoso paisaje que me traía a la mente tantos buenos momentos. Cuánto había deseado que llegase ese día. Bajé del coche y abrí la puerta, y al abrirla, allí estaba todo el pueblo metido, en mi pequeña casita. Empecé a buscar a mis mejores amigas, mi grupo, pero allí no estaban, las busqué entre la gente con la mirada, pero allí no estaban, ninguna de las tres.
Me había quedado transpuesta, aún estaba agarrando el pomo de la puerta con la mano y casi no respiraba. Estaba muy emocionada por ver a toda esa gente, pero no era lo mismo sin ellas, eran las personas que más quería en el mundo después de mi familia. La gente al ver que no reaccionaba empezó a venir hacia mí para saludarme y entonces fue cuando las vi, las tres estaban escondidas detrás de toda la multitud de gente. Tenía unas ganas tremendas de ir corriendo a darles un gran abrazo, pero hice ver que no las había visto y seguí saludando a las personas que se iban acercando a mí. Todo el mundo me preguntaba cosas sobre los Estados Unidos y yo ya no sabía qué contestar.
Después de toda la multitud de gente del pueblo apareció mi padre, una maravillosa persona, amable, sensible, inteligente, que siempre sabe lo que tiene que hacer y decir, en todas las situaciones. Seguidamente vino mi madre, una madre estupenda, muy cariñosa, trabajadora, que se preocupa mucho por todos sus seres queridos, y aunque tiene carácter, es fantástica.
Mis amigos no se habían dado cuenta que yo ya los había visto, así que me acerqué por detrás y les di un pequeño susto. Mariona se levantó corriendo de su escondite y vino llorando a abrazarme, en acto seguido se levantaron Alba, María e Inés, y siguieron los pasos de Mariona. Después de diez minutos de abrazos y lágrimas decidimos salir fuera, al jardín, para hablar, contarnos todo lo que había pasado, y sobre todo, ponerme al día de los cotilleos y las novedades del pueblo. Estuvimos hablando durante horas. Algunas personas ya se habían ido de casa, pero dentro de casa seguía habiendo fiesta.
De repente cundió el pánico. La gente empezó a chillar y salió corriendo de casa. Nosotras cuatro entramos para ver lo que pasaba. La cocina estaba ardiendo y mis padres estaban intentando apagar el fuego. Mi madre nos sacó fuera de casa y cuando ya casi estábamos saliendo por la puerta escuchamos un grito de mi padre. Entramos corriendo, éste estaba envuelto en llamas, empecé a verlo todo borroso y caí al suelo. Veía como se movían sombras a mi alrededor pero no reconocía nada ni a nadie, solo escuchaba voces a lo lejos, y no había señales de que alguien nos estuviera ayudando.
Me levanté gritando, estaba en mi residencia de San Francisco, todo había sido un sueño, una terrible pesadilla. Ahora había cogido miedo de volver a casa, el avión salía por la tarde y no quería que pasase lo ocurrido en el sueño.


Andrea Carrillo (IV eso A)

Ya tenemos la primera publicación en el blog...

Núria Molina ha sido la primera en animarse a publicar en el blog... ¿quién será la siguiente?

¿Qué hubiera sido de mí?
‘’¿Qué será de mí?’’, se preguntaba día tras día Gonzalo. Vivir en aquella mazmorra era cada vez más inhumano, sin luz, sin agua y con apenas comida. Ahora sí que se arrepentía de haber delatado al caballero don Rodrigo. De no haber sido así, ahora estaría luchando contra otros pueblos y mostrándose el héroe.
Rodrigo estaba esquelético, nada raro en un hombre que apenas comía, pero aun así no perdía la confianza en que algún día saldría de allí. En su mazmorra había una pequeña ventana, en la que difícilmente cabía su cabeza. Desde allí podía contemplar los extensos jardines del castillo de don Rodrigo y doña Inés. Unos campos grandes, llenos de flores, que despertaban ilusión, diversión, sobre todo cuando los hijos de don Rodrigo de tan solo siete años, jugaban y jugaban sin cansarse. Ojalá Gonzalo hubiera podido ser niño otra vez. Correteaba por aquí y por allá y aunque siempre estaba haciendo de las suyas, constantemente procuraba ayudar a sus vecinos. Y eso sí, nunca se olvidaba de ir a su clase de flauta con la señorita doña Elvira. Sentía gran pasión por la música, pero ahora, encerrado en aquella triste y solitaria mazmorra, lo único que podía hacer era imitar el ruido de la flauta con su seca boca, la cual solo recibía agua dos o tres veces por semana, si el amo había ganado alguna batalla y estaba contento.
Días atrás, Gonzalo había escuchado que don Rodrigo iría a conquistar unas tierras del norte de España, pero necesitaba muchos más caballeros para luchar. Si la conquistaban, todos ellos se podrían quedar allí. Pero Rodrigo, aunque hubiera deseado estar allí, se lamentó y siguió encerrado.
Una tarde de cielo muy negro, don Rodrigo apareció en la mazmorra de Gonzalo. Le propuso que podría ir a luchar con él, pero con una condición. Al ver que le gustaba tanto la música, tenía que construir para su mujer doña Inés, una flauta. Pero no una flauta cualquiera, sino la mejor flauta. Mejor que la que llevaban los trovadores, los juglares, que fuera una flauta excepcional, sólo para ella. Tenía que estar acabada en tan sólo cinco días, pues la batalla era dentro de seis. Gonzalo aceptó la propuesta, así que rápidamente puso manos a la obra.
Fueron unos cinco días intensamente apurados, día y noche trabajaba para crear la flauta, sin dormir, sin comer, tan sólo dedicándose a ella. Hasta que la terminó. Era una flauta preciosa, de color caoba, jamás vista. Alargada y uniformemente pulida, como si hubiera estado hecha por el mejor flautista. Tal y como dijo su amo, era excepcional, y cuando la tocaba tenía un sonido que hipnotizaba.
Llegó don Rodrigo y le dijo que su mujer tocaría una canción con la flauta, y si no le gustaba, la romperían y Gonzalo sería ejecutado. Aquellos tres minutos en que doña Inés estuvo probando la flauta, a Gonzalo se le hicieron verdaderamente eternos. Finalmente llegó la hora del veredicto. Muy lentamente doña Inés asintió con la cabeza, cosa que significaba que Gonzalo iría a batallar. Gonzalo empezó a dar saltos de alegría, pero enseguida tuvo que prepararse para la batalla, que sería al día siguiente. Esa noche casi no durmió, solo pensaba en que mañana iría a batallar, a recordar viejos tiempos. Y lentamente se le cerraron los ojos, esos ojos que durante días, semanas e incluso meses, habían estado tristes, casi cerrados, y se durmió pensando: ¿Qué hubiera sido de mí si la música no existiera?...

Núria Molina Barrera (IV ESO B)

martes, 5 de octubre de 2010

Para vosotras...


Quien tenga necesidad de cultivar la mente,
con la buena lectura,
y fomente su capacidad de sorpresa
ante la belleza que le rodea;
quien sepa apreciar el arte
y ejercite su inquietud intelectual;
quien sepa compartir su vida con los demás...
¡tendrá más ideas que contar!

...así que a trabajar, que
tenéis mucho que contar...

El arte de la lectura

¡¡¡BIENVENIDAS A VUESTRO BLOG!!!

Por fin, el momento tan esperado ha llegado... ¡ya tenemos un espacio propio donde podréis publicar vuestras "grandes" creaciones! y, por supuesto, comentaros unas a otras.

¡A ver quién es la primera atrevida!

Saludos,

Vuestra primera admiradora.