UN CAMBIO INESPERADO
Hacía más frío de lo normal. Para ser una zona mediterránea, ese clima era algo extraño. Además, no tan solo era eso, sino que, era raro, pues acababan de llegar la primavera. La chica de pelo castaño y ojos verdosos, se abrazó a si misma mientras esperaba que llegara su mejor amiga. Eso le pasaba por llegar siempre antes de tiempo, sabiendo que la otra era de las que siempre llegaban tarde a sus citas. Decidió levantarse para volver a entrar en calor, a la vez que se arrepentía de no haber traído consigo una chaqueta o algo por el estilo. Ahora se daba cuenta de porqué la llamaban cabezota.
Caminó de un lado a otro, alzando de vez en cuando la cabeza para ver si Carla, la amiga, llegaba ya. Después de dar varios tumbos, la vio aparecer, corriendo. Cuando llegó hasta ella, se disculpó con la respiración todavía entrecortada, a causa del cansancio. Era atlética, alegre y vivaz, pero según ella, llevaba corriendo demasiado, utilizando también como pretexto, el cambio brusco de la temperatura.
Si te fijabas bien, Carla no parecía de esas chicas muy estresadas, todo lo contrario, aparentaba ser de esas que lo tenían todo organizado, preparadas para cualquier problema, sin olvidar la sonrisa que nunca se borraba de su rostro. Era un modelo a seguir, y para Sara era un gran placer tenerla como amiga. A parte de su gran personalidad, también destacaba su físico. Podía ser la envidia de todas las chicas, puesto que era más o menos alta, esbelta y rubia de ojos marrones intensos. Sus facciones podrían decirse que eran casi perfectas.
Pero eso no le molestaba a Sara, para nada. Ella no la envidiaba por su aspecto físico, ya que ésta tampoco era muy diferente a Carla. Quizás se diferenciaran un poco por la altura y el color de pelo y ojos, pero incluso podrían pasar por hermanas.
Las dos muchachas dejaron pasar el tema del retraso de la última, para comenzar a quejarse del mal tiempo que las acechaba. Reflexionaban sobre porqué pasaba esto, porqué pasaba lo otro, cuando, de repente, comenzó a caer unos pequeños copos blancos. Rápidamente enmudecieron, dirigiendo la cabeza hacia el cielo, sorprendidas. Al principio tuvieron que escudriñar la vista para identificar qué era lo que caía sobre ellas. Instantes después, se dieron cuenta, por lo que las dos emitieron una leve exclamación, al unísono. Era nieve, y cada vez caía más y más. Carla, que al menos llevaba una chaqueta, miró a Sara, quien seguía con la vista posada en el cielo, con una notable preocupación, por la simple razón de verla en manga corta bajo un temporal más bien frío. Decidieron resguardarse en algún lugar cálido, pues ninguna de las dos quería acabar en cama esa misma noche.
Llegaron a una cafetería no muy lejos del lugar donde se encontraban, agradeciendo que estuviera abierta. Pudieron captar varias conversaciones de la gente que pasaba a su alrededor, comentando el cambio drástico del clima. Además, hacía mucho tiempo que no nevaba, por lo que los más pequeños de las familias no aguantaban estar en casa.
Pidieron un chocolate caliente las dos, y se sentaron en uno de los muchos sofás vacíos. La primera de las chicas, Sara, miró al exterior. El paisaje ya estaba tornándose de un color pálido, blanco como las flores de un peral. Podía notarse cómo soplaba una leve ventisca, haciendo que los copos cayeran de una forma diagonal. Árboles, coches y demás ya estaban casi cubiertos por ésta. Tan solo faltaba que cuajara la nieve del suelo. Esa parte siempre era la más difícil.
Como rayos, unos niños pequeños corrieron hacía el parque más cercano de esa zona. Todos y cada uno de ellos esbozaban una gran sonrisa en su rostro. No podía oír sus risas, pero aun así intuyó que lo hacían. ¿Quién no estaría feliz en un día como ése? Ni el más pobre de los pobres estaría triste.
Y con una gran sonrisa, las dos chicas comenzaron a reanudar sus típicas conversaciones, sorbiendo cautelosamente sus chocolates calientes. Aunque comenzaran mal el día, acabaron con un día redondo. Nieve de fondo, chocolate caliente entre manos y una entretenida conversación, ¿qué más se podría pedir?
Yi Xun (IV ESO B)
sábado, 23 de octubre de 2010
martes, 19 de octubre de 2010
¡Andrea Carrillo también publica!
¡Ya son dos las que se atreven a publicar! Que no sean las únicas...
El cielo estrellado de aquella fría noche de verano llamó mi atención. Estaba lleno de pequeñas estrellas que producían muchísima luz, y la luna llena, con su resplandor, iluminaba el camino.
Yo iba en el coche, de camino a mi casa. Había pasado el último año en los Estados Unidos para mejorar mi inglés. Tenía unas ganas enormes de estar por fin en mi casa, y de ver a mis amigos, a los que tanto había echado de menos durante este año. En San Francisco, había hecho muchos amigos y me gustaba mucho estar allí, pero como en casa no se está en ningún sitio.
Al llegar se me llenaron los ojos de lágrimas, tan sólo ver esa casita pequeñita, en medio de la nada. Rodeada de campos verdes, flores y bosques, ese hermoso paisaje que me traía a la mente tantos buenos momentos. Cuánto había deseado que llegase ese día. Bajé del coche y abrí la puerta, y al abrirla, allí estaba todo el pueblo metido, en mi pequeña casita. Empecé a buscar a mis mejores amigas, mi grupo, pero allí no estaban, las busqué entre la gente con la mirada, pero allí no estaban, ninguna de las tres.
Me había quedado transpuesta, aún estaba agarrando el pomo de la puerta con la mano y casi no respiraba. Estaba muy emocionada por ver a toda esa gente, pero no era lo mismo sin ellas, eran las personas que más quería en el mundo después de mi familia. La gente al ver que no reaccionaba empezó a venir hacia mí para saludarme y entonces fue cuando las vi, las tres estaban escondidas detrás de toda la multitud de gente. Tenía unas ganas tremendas de ir corriendo a darles un gran abrazo, pero hice ver que no las había visto y seguí saludando a las personas que se iban acercando a mí. Todo el mundo me preguntaba cosas sobre los Estados Unidos y yo ya no sabía qué contestar.
Después de toda la multitud de gente del pueblo apareció mi padre, una maravillosa persona, amable, sensible, inteligente, que siempre sabe lo que tiene que hacer y decir, en todas las situaciones. Seguidamente vino mi madre, una madre estupenda, muy cariñosa, trabajadora, que se preocupa mucho por todos sus seres queridos, y aunque tiene carácter, es fantástica.
Mis amigos no se habían dado cuenta que yo ya los había visto, así que me acerqué por detrás y les di un pequeño susto. Mariona se levantó corriendo de su escondite y vino llorando a abrazarme, en acto seguido se levantaron Alba, María e Inés, y siguieron los pasos de Mariona. Después de diez minutos de abrazos y lágrimas decidimos salir fuera, al jardín, para hablar, contarnos todo lo que había pasado, y sobre todo, ponerme al día de los cotilleos y las novedades del pueblo. Estuvimos hablando durante horas. Algunas personas ya se habían ido de casa, pero dentro de casa seguía habiendo fiesta.
De repente cundió el pánico. La gente empezó a chillar y salió corriendo de casa. Nosotras cuatro entramos para ver lo que pasaba. La cocina estaba ardiendo y mis padres estaban intentando apagar el fuego. Mi madre nos sacó fuera de casa y cuando ya casi estábamos saliendo por la puerta escuchamos un grito de mi padre. Entramos corriendo, éste estaba envuelto en llamas, empecé a verlo todo borroso y caí al suelo. Veía como se movían sombras a mi alrededor pero no reconocía nada ni a nadie, solo escuchaba voces a lo lejos, y no había señales de que alguien nos estuviera ayudando.
Me levanté gritando, estaba en mi residencia de San Francisco, todo había sido un sueño, una terrible pesadilla. Ahora había cogido miedo de volver a casa, el avión salía por la tarde y no quería que pasase lo ocurrido en el sueño.
Andrea Carrillo (IV eso A)
El cielo estrellado de aquella fría noche de verano llamó mi atención. Estaba lleno de pequeñas estrellas que producían muchísima luz, y la luna llena, con su resplandor, iluminaba el camino.
Yo iba en el coche, de camino a mi casa. Había pasado el último año en los Estados Unidos para mejorar mi inglés. Tenía unas ganas enormes de estar por fin en mi casa, y de ver a mis amigos, a los que tanto había echado de menos durante este año. En San Francisco, había hecho muchos amigos y me gustaba mucho estar allí, pero como en casa no se está en ningún sitio.
Al llegar se me llenaron los ojos de lágrimas, tan sólo ver esa casita pequeñita, en medio de la nada. Rodeada de campos verdes, flores y bosques, ese hermoso paisaje que me traía a la mente tantos buenos momentos. Cuánto había deseado que llegase ese día. Bajé del coche y abrí la puerta, y al abrirla, allí estaba todo el pueblo metido, en mi pequeña casita. Empecé a buscar a mis mejores amigas, mi grupo, pero allí no estaban, las busqué entre la gente con la mirada, pero allí no estaban, ninguna de las tres.
Me había quedado transpuesta, aún estaba agarrando el pomo de la puerta con la mano y casi no respiraba. Estaba muy emocionada por ver a toda esa gente, pero no era lo mismo sin ellas, eran las personas que más quería en el mundo después de mi familia. La gente al ver que no reaccionaba empezó a venir hacia mí para saludarme y entonces fue cuando las vi, las tres estaban escondidas detrás de toda la multitud de gente. Tenía unas ganas tremendas de ir corriendo a darles un gran abrazo, pero hice ver que no las había visto y seguí saludando a las personas que se iban acercando a mí. Todo el mundo me preguntaba cosas sobre los Estados Unidos y yo ya no sabía qué contestar.
Después de toda la multitud de gente del pueblo apareció mi padre, una maravillosa persona, amable, sensible, inteligente, que siempre sabe lo que tiene que hacer y decir, en todas las situaciones. Seguidamente vino mi madre, una madre estupenda, muy cariñosa, trabajadora, que se preocupa mucho por todos sus seres queridos, y aunque tiene carácter, es fantástica.
Mis amigos no se habían dado cuenta que yo ya los había visto, así que me acerqué por detrás y les di un pequeño susto. Mariona se levantó corriendo de su escondite y vino llorando a abrazarme, en acto seguido se levantaron Alba, María e Inés, y siguieron los pasos de Mariona. Después de diez minutos de abrazos y lágrimas decidimos salir fuera, al jardín, para hablar, contarnos todo lo que había pasado, y sobre todo, ponerme al día de los cotilleos y las novedades del pueblo. Estuvimos hablando durante horas. Algunas personas ya se habían ido de casa, pero dentro de casa seguía habiendo fiesta.
De repente cundió el pánico. La gente empezó a chillar y salió corriendo de casa. Nosotras cuatro entramos para ver lo que pasaba. La cocina estaba ardiendo y mis padres estaban intentando apagar el fuego. Mi madre nos sacó fuera de casa y cuando ya casi estábamos saliendo por la puerta escuchamos un grito de mi padre. Entramos corriendo, éste estaba envuelto en llamas, empecé a verlo todo borroso y caí al suelo. Veía como se movían sombras a mi alrededor pero no reconocía nada ni a nadie, solo escuchaba voces a lo lejos, y no había señales de que alguien nos estuviera ayudando.
Me levanté gritando, estaba en mi residencia de San Francisco, todo había sido un sueño, una terrible pesadilla. Ahora había cogido miedo de volver a casa, el avión salía por la tarde y no quería que pasase lo ocurrido en el sueño.
Andrea Carrillo (IV eso A)
Ya tenemos la primera publicación en el blog...
Núria Molina ha sido la primera en animarse a publicar en el blog... ¿quién será la siguiente?
¿Qué hubiera sido de mí?
‘’¿Qué será de mí?’’, se preguntaba día tras día Gonzalo. Vivir en aquella mazmorra era cada vez más inhumano, sin luz, sin agua y con apenas comida. Ahora sí que se arrepentía de haber delatado al caballero don Rodrigo. De no haber sido así, ahora estaría luchando contra otros pueblos y mostrándose el héroe.
Rodrigo estaba esquelético, nada raro en un hombre que apenas comía, pero aun así no perdía la confianza en que algún día saldría de allí. En su mazmorra había una pequeña ventana, en la que difícilmente cabía su cabeza. Desde allí podía contemplar los extensos jardines del castillo de don Rodrigo y doña Inés. Unos campos grandes, llenos de flores, que despertaban ilusión, diversión, sobre todo cuando los hijos de don Rodrigo de tan solo siete años, jugaban y jugaban sin cansarse. Ojalá Gonzalo hubiera podido ser niño otra vez. Correteaba por aquí y por allá y aunque siempre estaba haciendo de las suyas, constantemente procuraba ayudar a sus vecinos. Y eso sí, nunca se olvidaba de ir a su clase de flauta con la señorita doña Elvira. Sentía gran pasión por la música, pero ahora, encerrado en aquella triste y solitaria mazmorra, lo único que podía hacer era imitar el ruido de la flauta con su seca boca, la cual solo recibía agua dos o tres veces por semana, si el amo había ganado alguna batalla y estaba contento.
Días atrás, Gonzalo había escuchado que don Rodrigo iría a conquistar unas tierras del norte de España, pero necesitaba muchos más caballeros para luchar. Si la conquistaban, todos ellos se podrían quedar allí. Pero Rodrigo, aunque hubiera deseado estar allí, se lamentó y siguió encerrado.
Una tarde de cielo muy negro, don Rodrigo apareció en la mazmorra de Gonzalo. Le propuso que podría ir a luchar con él, pero con una condición. Al ver que le gustaba tanto la música, tenía que construir para su mujer doña Inés, una flauta. Pero no una flauta cualquiera, sino la mejor flauta. Mejor que la que llevaban los trovadores, los juglares, que fuera una flauta excepcional, sólo para ella. Tenía que estar acabada en tan sólo cinco días, pues la batalla era dentro de seis. Gonzalo aceptó la propuesta, así que rápidamente puso manos a la obra.
Fueron unos cinco días intensamente apurados, día y noche trabajaba para crear la flauta, sin dormir, sin comer, tan sólo dedicándose a ella. Hasta que la terminó. Era una flauta preciosa, de color caoba, jamás vista. Alargada y uniformemente pulida, como si hubiera estado hecha por el mejor flautista. Tal y como dijo su amo, era excepcional, y cuando la tocaba tenía un sonido que hipnotizaba.
Llegó don Rodrigo y le dijo que su mujer tocaría una canción con la flauta, y si no le gustaba, la romperían y Gonzalo sería ejecutado. Aquellos tres minutos en que doña Inés estuvo probando la flauta, a Gonzalo se le hicieron verdaderamente eternos. Finalmente llegó la hora del veredicto. Muy lentamente doña Inés asintió con la cabeza, cosa que significaba que Gonzalo iría a batallar. Gonzalo empezó a dar saltos de alegría, pero enseguida tuvo que prepararse para la batalla, que sería al día siguiente. Esa noche casi no durmió, solo pensaba en que mañana iría a batallar, a recordar viejos tiempos. Y lentamente se le cerraron los ojos, esos ojos que durante días, semanas e incluso meses, habían estado tristes, casi cerrados, y se durmió pensando: ¿Qué hubiera sido de mí si la música no existiera?...
Núria Molina Barrera (IV ESO B)
¿Qué hubiera sido de mí?
‘’¿Qué será de mí?’’, se preguntaba día tras día Gonzalo. Vivir en aquella mazmorra era cada vez más inhumano, sin luz, sin agua y con apenas comida. Ahora sí que se arrepentía de haber delatado al caballero don Rodrigo. De no haber sido así, ahora estaría luchando contra otros pueblos y mostrándose el héroe.
Rodrigo estaba esquelético, nada raro en un hombre que apenas comía, pero aun así no perdía la confianza en que algún día saldría de allí. En su mazmorra había una pequeña ventana, en la que difícilmente cabía su cabeza. Desde allí podía contemplar los extensos jardines del castillo de don Rodrigo y doña Inés. Unos campos grandes, llenos de flores, que despertaban ilusión, diversión, sobre todo cuando los hijos de don Rodrigo de tan solo siete años, jugaban y jugaban sin cansarse. Ojalá Gonzalo hubiera podido ser niño otra vez. Correteaba por aquí y por allá y aunque siempre estaba haciendo de las suyas, constantemente procuraba ayudar a sus vecinos. Y eso sí, nunca se olvidaba de ir a su clase de flauta con la señorita doña Elvira. Sentía gran pasión por la música, pero ahora, encerrado en aquella triste y solitaria mazmorra, lo único que podía hacer era imitar el ruido de la flauta con su seca boca, la cual solo recibía agua dos o tres veces por semana, si el amo había ganado alguna batalla y estaba contento.
Días atrás, Gonzalo había escuchado que don Rodrigo iría a conquistar unas tierras del norte de España, pero necesitaba muchos más caballeros para luchar. Si la conquistaban, todos ellos se podrían quedar allí. Pero Rodrigo, aunque hubiera deseado estar allí, se lamentó y siguió encerrado.
Una tarde de cielo muy negro, don Rodrigo apareció en la mazmorra de Gonzalo. Le propuso que podría ir a luchar con él, pero con una condición. Al ver que le gustaba tanto la música, tenía que construir para su mujer doña Inés, una flauta. Pero no una flauta cualquiera, sino la mejor flauta. Mejor que la que llevaban los trovadores, los juglares, que fuera una flauta excepcional, sólo para ella. Tenía que estar acabada en tan sólo cinco días, pues la batalla era dentro de seis. Gonzalo aceptó la propuesta, así que rápidamente puso manos a la obra.
Fueron unos cinco días intensamente apurados, día y noche trabajaba para crear la flauta, sin dormir, sin comer, tan sólo dedicándose a ella. Hasta que la terminó. Era una flauta preciosa, de color caoba, jamás vista. Alargada y uniformemente pulida, como si hubiera estado hecha por el mejor flautista. Tal y como dijo su amo, era excepcional, y cuando la tocaba tenía un sonido que hipnotizaba.
Llegó don Rodrigo y le dijo que su mujer tocaría una canción con la flauta, y si no le gustaba, la romperían y Gonzalo sería ejecutado. Aquellos tres minutos en que doña Inés estuvo probando la flauta, a Gonzalo se le hicieron verdaderamente eternos. Finalmente llegó la hora del veredicto. Muy lentamente doña Inés asintió con la cabeza, cosa que significaba que Gonzalo iría a batallar. Gonzalo empezó a dar saltos de alegría, pero enseguida tuvo que prepararse para la batalla, que sería al día siguiente. Esa noche casi no durmió, solo pensaba en que mañana iría a batallar, a recordar viejos tiempos. Y lentamente se le cerraron los ojos, esos ojos que durante días, semanas e incluso meses, habían estado tristes, casi cerrados, y se durmió pensando: ¿Qué hubiera sido de mí si la música no existiera?...
Núria Molina Barrera (IV ESO B)
martes, 5 de octubre de 2010
Para vosotras...
Quien tenga necesidad de cultivar la mente,
con la buena lectura,
y fomente su capacidad de sorpresa
ante la belleza que le rodea;
quien sepa apreciar el arte
y ejercite su inquietud intelectual;
quien sepa compartir su vida con los demás...
¡tendrá más ideas que contar!
...así que a trabajar, que
tenéis mucho que contar...
¡¡¡BIENVENIDAS A VUESTRO BLOG!!!
Por fin, el momento tan esperado ha llegado... ¡ya tenemos un espacio propio donde podréis publicar vuestras "grandes" creaciones! y, por supuesto, comentaros unas a otras.
¡A ver quién es la primera atrevida!
Saludos,
Vuestra primera admiradora.
¡A ver quién es la primera atrevida!
Saludos,
Vuestra primera admiradora.
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