martes, 19 de octubre de 2010

¡Andrea Carrillo también publica!

¡Ya son dos las que se atreven a publicar! Que no sean las únicas...


El cielo estrellado de aquella fría noche de verano llamó mi atención. Estaba lleno de pequeñas estrellas que producían muchísima luz, y la luna llena, con su resplandor, iluminaba el camino.
Yo iba en el coche, de camino a mi casa. Había pasado el último año en los Estados Unidos para mejorar mi inglés. Tenía unas ganas enormes de estar por fin en mi casa, y de ver a mis amigos, a los que tanto había echado de menos durante este año. En San Francisco, había hecho muchos amigos y me gustaba mucho estar allí, pero como en casa no se está en ningún sitio.
Al llegar se me llenaron los ojos de lágrimas, tan sólo ver esa casita pequeñita, en medio de la nada. Rodeada de campos verdes, flores y bosques, ese hermoso paisaje que me traía a la mente tantos buenos momentos. Cuánto había deseado que llegase ese día. Bajé del coche y abrí la puerta, y al abrirla, allí estaba todo el pueblo metido, en mi pequeña casita. Empecé a buscar a mis mejores amigas, mi grupo, pero allí no estaban, las busqué entre la gente con la mirada, pero allí no estaban, ninguna de las tres.
Me había quedado transpuesta, aún estaba agarrando el pomo de la puerta con la mano y casi no respiraba. Estaba muy emocionada por ver a toda esa gente, pero no era lo mismo sin ellas, eran las personas que más quería en el mundo después de mi familia. La gente al ver que no reaccionaba empezó a venir hacia mí para saludarme y entonces fue cuando las vi, las tres estaban escondidas detrás de toda la multitud de gente. Tenía unas ganas tremendas de ir corriendo a darles un gran abrazo, pero hice ver que no las había visto y seguí saludando a las personas que se iban acercando a mí. Todo el mundo me preguntaba cosas sobre los Estados Unidos y yo ya no sabía qué contestar.
Después de toda la multitud de gente del pueblo apareció mi padre, una maravillosa persona, amable, sensible, inteligente, que siempre sabe lo que tiene que hacer y decir, en todas las situaciones. Seguidamente vino mi madre, una madre estupenda, muy cariñosa, trabajadora, que se preocupa mucho por todos sus seres queridos, y aunque tiene carácter, es fantástica.
Mis amigos no se habían dado cuenta que yo ya los había visto, así que me acerqué por detrás y les di un pequeño susto. Mariona se levantó corriendo de su escondite y vino llorando a abrazarme, en acto seguido se levantaron Alba, María e Inés, y siguieron los pasos de Mariona. Después de diez minutos de abrazos y lágrimas decidimos salir fuera, al jardín, para hablar, contarnos todo lo que había pasado, y sobre todo, ponerme al día de los cotilleos y las novedades del pueblo. Estuvimos hablando durante horas. Algunas personas ya se habían ido de casa, pero dentro de casa seguía habiendo fiesta.
De repente cundió el pánico. La gente empezó a chillar y salió corriendo de casa. Nosotras cuatro entramos para ver lo que pasaba. La cocina estaba ardiendo y mis padres estaban intentando apagar el fuego. Mi madre nos sacó fuera de casa y cuando ya casi estábamos saliendo por la puerta escuchamos un grito de mi padre. Entramos corriendo, éste estaba envuelto en llamas, empecé a verlo todo borroso y caí al suelo. Veía como se movían sombras a mi alrededor pero no reconocía nada ni a nadie, solo escuchaba voces a lo lejos, y no había señales de que alguien nos estuviera ayudando.
Me levanté gritando, estaba en mi residencia de San Francisco, todo había sido un sueño, una terrible pesadilla. Ahora había cogido miedo de volver a casa, el avión salía por la tarde y no quería que pasase lo ocurrido en el sueño.


Andrea Carrillo (IV eso A)

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