Núria Molina ha sido la primera en animarse a publicar en el blog... ¿quién será la siguiente?
¿Qué hubiera sido de mí?
‘’¿Qué será de mí?’’, se preguntaba día tras día Gonzalo. Vivir en aquella mazmorra era cada vez más inhumano, sin luz, sin agua y con apenas comida. Ahora sí que se arrepentía de haber delatado al caballero don Rodrigo. De no haber sido así, ahora estaría luchando contra otros pueblos y mostrándose el héroe.
Rodrigo estaba esquelético, nada raro en un hombre que apenas comía, pero aun así no perdía la confianza en que algún día saldría de allí. En su mazmorra había una pequeña ventana, en la que difícilmente cabía su cabeza. Desde allí podía contemplar los extensos jardines del castillo de don Rodrigo y doña Inés. Unos campos grandes, llenos de flores, que despertaban ilusión, diversión, sobre todo cuando los hijos de don Rodrigo de tan solo siete años, jugaban y jugaban sin cansarse. Ojalá Gonzalo hubiera podido ser niño otra vez. Correteaba por aquí y por allá y aunque siempre estaba haciendo de las suyas, constantemente procuraba ayudar a sus vecinos. Y eso sí, nunca se olvidaba de ir a su clase de flauta con la señorita doña Elvira. Sentía gran pasión por la música, pero ahora, encerrado en aquella triste y solitaria mazmorra, lo único que podía hacer era imitar el ruido de la flauta con su seca boca, la cual solo recibía agua dos o tres veces por semana, si el amo había ganado alguna batalla y estaba contento.
Días atrás, Gonzalo había escuchado que don Rodrigo iría a conquistar unas tierras del norte de España, pero necesitaba muchos más caballeros para luchar. Si la conquistaban, todos ellos se podrían quedar allí. Pero Rodrigo, aunque hubiera deseado estar allí, se lamentó y siguió encerrado.
Una tarde de cielo muy negro, don Rodrigo apareció en la mazmorra de Gonzalo. Le propuso que podría ir a luchar con él, pero con una condición. Al ver que le gustaba tanto la música, tenía que construir para su mujer doña Inés, una flauta. Pero no una flauta cualquiera, sino la mejor flauta. Mejor que la que llevaban los trovadores, los juglares, que fuera una flauta excepcional, sólo para ella. Tenía que estar acabada en tan sólo cinco días, pues la batalla era dentro de seis. Gonzalo aceptó la propuesta, así que rápidamente puso manos a la obra.
Fueron unos cinco días intensamente apurados, día y noche trabajaba para crear la flauta, sin dormir, sin comer, tan sólo dedicándose a ella. Hasta que la terminó. Era una flauta preciosa, de color caoba, jamás vista. Alargada y uniformemente pulida, como si hubiera estado hecha por el mejor flautista. Tal y como dijo su amo, era excepcional, y cuando la tocaba tenía un sonido que hipnotizaba.
Llegó don Rodrigo y le dijo que su mujer tocaría una canción con la flauta, y si no le gustaba, la romperían y Gonzalo sería ejecutado. Aquellos tres minutos en que doña Inés estuvo probando la flauta, a Gonzalo se le hicieron verdaderamente eternos. Finalmente llegó la hora del veredicto. Muy lentamente doña Inés asintió con la cabeza, cosa que significaba que Gonzalo iría a batallar. Gonzalo empezó a dar saltos de alegría, pero enseguida tuvo que prepararse para la batalla, que sería al día siguiente. Esa noche casi no durmió, solo pensaba en que mañana iría a batallar, a recordar viejos tiempos. Y lentamente se le cerraron los ojos, esos ojos que durante días, semanas e incluso meses, habían estado tristes, casi cerrados, y se durmió pensando: ¿Qué hubiera sido de mí si la música no existiera?...
Núria Molina Barrera (IV ESO B)
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