La noche, la luna, el mar… Son tres cosas que me hacen sentir. Aunque, mirándolo de otro modo, me hacen no sentir. No sentir este dolor… este dolor y esta agonía que me está matando el corazón.
Solo quiero que sepas que ya no lo siento, que ya has ganado. Ya puedes contemplar con triunfo los restos grises y rotos de lo que antes fue mi corazón. Sí, mi corazón, aquello que tú desperdiciaste y rompiste como si fuera un débil cristal. Y no era débil, no. Era fuerte gracias a esa sensación tan cálida, mágica y reconfortante llamada amor. Sí, amor, aquello que tú decidiste que mi corazón no merecía recibir y condenaste a la soledad. Pero, ¿sabes?, sin corazón no se puede vivir. Créeme, lo he intentado, y no se puede. Al menos no como antes.
Por eso estoy aquí, sentada en estas imponentes rocas que me protegen de las salpicaduras de un Mar furioso. Él sí me comprende, parece querer expresar con olas lo que yo no puedo explicar con palabras. Algunas gotas saladas aterrizan en mis mejillas mezclándose con mis lágrimas aún más saladas, como si el Mar quisiese llorar conmigo, compartir mi dolor. Y creo que me comprende… me comprende porque me he dado cuenta de que a él le pasa lo mismo con la Luna. Creo que el Mar está enamorado de ella. ¿Nunca te has fijado en cómo algunas olas se alzan hasta parecer tocar el cielo? Como si quisiera llegar a la Luna y destruir aquello que lo destrozó a él primero… Pero las gotas nunca la llegan a tocar y vuelven a hundirse en un remolino de ira y desesperación. Pero el Mar tiene suficiente fuerza para llegar a la Luna, y sé que es él mismo el que se frena. Porque al mirar hacia arriba preparado para lanzar su ejército de olas enfurecidas, ve aquel rostro blanco, y se recuerda a él mismo porqué se enamoró de ella. Y no es capaz de hacerlo, de destruir aquello tan hermoso, aquello que está condenado a contemplar cada noche. Sé que volverá a intentarlo, y volverá a fracasar. ¿Qué cómo lo sé? Porque me pasa lo mismo contigo. Porque cada vez que me invade el odio y la desesperación, recuerdo tus verdes ojos, y todos esos sentimientos turbios desaparecen. Y sólo queda vacío en mi interior. Igual que le sucede al Mar. La gente lo malinterpreta: no es Mar calmado. Es Mar vacío, sin ganas de luchar por lo que odia y ama. Pero lo único que nos queda es no rendirnos, seguir hacia adelante. Por eso vengo aquí tan a menudo. Porque el Mar y la Luna me recuerdan a nosotros. Y siempre me siento en esta roca, con la esperanza de que el Mar se enamore del Sol, de que algún día deje de reflejar a la Luna, o que simplemente desaparezca, como me gustaría hacer a mí. Y así recomponer este inútil corazón, que aunque sabe que no puede vivir sin ti, lo sigue intentando de todas formas. Ahora ya sé que es verdad que el corazón no atiende a razones, supongo que es por eso que está tan alejado de la cabeza. Pero en el fondo sé que por mucho que el Sol brille, las mareas seguirán obedientes a la Luna. Por mucha soledad u odio que sienta, el Mar seguirá amando a la Luna. Por mucho viento que sople, el Mar resistirá sólo para poder contemplar lo único que desea: la luna. Y que, por muy alta que esté ella, el Mar siempre plasmará su reflejo sobre su refulgente superficie. Sé que el Mar, igual que yo, daría lo que fuese para convertirse en estrella y colgar del cielo, sólo para poder estar al lado de la Luna y pasarse la eternidad contemplándola. Aunque sabe perfectamente que está condenado a echarla de menos durante el día, y sufrir con su presencia de noche. Demasiado lejos para tocarla. Demasiado cerca para ignorarla. Si supieras cómo lo entiendo… cómo me siento… Me siento sola, vacía, rota, inútil, confusa, impotente, enfadada, triste. Fuerte pero débil. Te odio y te quiero. Me siento Mar.
Sara Lasunción Mejía (4ESO A)
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